La necesidad de un nuevo rol de masculinidad

Devan&Themegoman
Ilustración: ThemeGoman

¿Por qué hablar de nuevas masculinidades? Porque, aunque haya personas que piensen lo contrario, el feminismo no es exclusivamente para mujeres. En el momento en que un niño que llora en público se convierte en una “nenaza” para sus compañeros de clase, o un hombre es “una maricona” por no hacer gala de su valentía en una situación de riesgo, se puede apreciar cómo el machismo también nos afecta a nosotros -hombres cis-género heterosexuales- que, irónicamente, durante siglos, hemos sido quienes han perpetuado un sistema criminal y discriminatorio.

Para empezar a tratar este tema, considero importante hacer referencia a dos conceptos: patriarcado y  roles de género. Por patriarcado entendemos un tipo de organización social totalmente desigual donde es el varón el que tiene el poder y los privilegios, mientras que el género femenino carece de este estatus social privilegiado. Por otro lado, para definir los roles de género primero es necesario determinar qué es el género, el cual, haciendo uso de la definición de la escritora feminista Gerda Lerner, se puede definir como “la definición cultural del comportamiento asignado como apropiado para cada uno de los sexos en una sociedad determinada. El género es un conjunto de roles culturales. Es un disfraz, una máscara con la que hombres y mujeres bailan su desigual danza”. Dicho esto, el rol de género se puede definir como el conjunto de normas y comportamientos que se consideran apropiados para hombres y mujeres en función de la construcción que exista de lo que son masculinidad y feminidad en una sociedad determinada.

Teniendo en cuenta lo anterior, es fácil ver que las personas somos y nos comportamos socialmente debido a unos patrones ya  establecidos. En el caso de los hombres, esa forma de ser y comportarse que sigue las pautas marcadas por los roles de género se conoce como masculinidad hegemónica, la cual sería definida por Connell (1995) como “la configuración de la práctica de género que envuelve la respuesta comúnmente aceptada al problema de la legitimidad del patriarcado, que garantiza la posición dominante de los hombres y la subordinación de las mujeres”. La mayoría de autores coinciden en que la masculinidad hegemónica es aquélla cuyos referentes son: homofobia, misoginia, poder, estatus y riqueza, sexualidad desconectada, fuerza y agresión, restricción de emociones e independencia y autosuficiencia.

Ahora bien, ¿cómo se construye la masculinidad? Bueno, para empezar, una  breve definición de lo que se entiende por masculinidad en términos generales: es el conjunto de atributos, valores, comportamientos y conductas que son características del ser hombre en una sociedad determinada. Es importante remarcar “en una sociedad determinada” pues si bien estos atributos, valores, etc., que se consideran característicos del hombre no parecen haber cambiado mucho en el tiempo, sí que pueden variar entre sociedades (si bien es cierto que en casi todos lados se reproducen de forma casi idéntica dichas características). Aun así, para acotar un poco, puntualizo que me voy a referir a la masculinidad en el mundo occidental.

En lo que a masculinidad hegemónica se refiere, el término primordial y que más vinculación tiene con dicho concepto es el de poder; el poder, entendido como una facultad que se emplea de manera arbitraria y negativa para influir o dominar a otras personas que, por lo general, se encuentran en una situación inequitativa frente al que tiene el poder: mujeres, niños y niñas, ancianos, discapacitados, etc. La experiencia del poder en los hombres se interioriza desde el proceso de socialización, encontrando el primer referente de qué es el poder, cómo y quién lo ejerce en la propia familia patriarcal.

De hecho, en las relaciones de pareja es donde mejor se puede apreciar lo que acabo de comentar respecto del poder. Según Héctor Pizarro, la masculinidad asignada (otra forma de denominar a la masculinidad hegemónica) impone algunos comportamientos al hombre en la relación de pareja que supuestamente le aseguran el éxito, la armonía y la felicidad. Por ejemplo, tener el control sobre el comportamiento de la mujer (decidir cómo se viste, a quién debe ver, de qué debe hablar, qué puede beber, etc.) así como sobre las decisiones que afectan a ambos (a dónde ir a pasear, qué casa comprar, en qué lugar vivir, etc.). A través de este ejercicio desigual del poder el hombre pierde la oportunidad de vivir de manera plena una relación basada en el respeto mutuo, pierde también la posibilidad de contar con espacios de discusión justa y equitativa que facilite el desarrollo integral de ambas personas y, sobre todo, pierde la oportunidad de elegir una nueva forma de ser hombre.

Dicho todo esto, podemos pensar: ¿de verdad se puede cambiar esta situación? Bueno, posible o no, desde luego que si no se intenta nunca se va a conseguir. Un ejemplo claro de cómo poco a poco ha cambiado la masculinidad tradicional es la aparición de la metrosexualidad. Sí, puede parecer una broma, pero el hecho de que los hombres comenzaran a preocuparse por su aspecto físico y utilizasen productos de belleza -hasta entonces destinados casi en exclusiva al público femenino- supuso un pequeño avance en materia de deconstrucción del género, ya que los hombres estaban actuando de forma contraria a lo que su rol de género determinaba.

Sin embargo, está claro que no puede quedar sólo en eso, y depilarse o echarse crema anti-ojeras no es sino un pequeño tornillo dentro de un engranaje mucho mayor. Lo que es esencial es que los hombres llevemos a cabo un proceso de crítica/autocrítica/deconstrucción: crítica, pues no podemos ser cómplices del patriarcado ni del machismo, no podemos permitirnos ser colaboradores en la perpetuación de un sistema que discrimina a la mujer por el mero hecho de serlo, ni debemos permanecer impasibles ante el mínimo atisbo de machismo -sí, esto incluye también el no reírle las gracias a los amigotes porque “es una broma y él no es machista”-;autocrítica, porque es muy fácil ver la paja en el ojo ajeno pero no la viga en el nuestro, y ¿cómo queremos cambiar la sociedad y pretender que el resto sean conscientes de todo a lo que hacemos referencia si, cuando nosotros mismo tenemos esas actitudes o nos señalan que las tenemos, no somos capaces de verlas, reconocerlas y cambiarlas?; y deconstrucción, seguramente lo más difícil de todo, pues no es sencillo dejar de ser como uno es, o mejor dicho, como a uno le han enseñado que debe ser y comportarse desde que ha nacido.

Sumado a esto, podría ser bueno que, al igual que existen espacios no-mixtos donde las mujeres se empoderan, existan espacios donde los hombres podamos ayudarnos los unos a los otros en nuestro proceso de deconstrucción (si bien esto podría tener el efecto totalmente contrario al que se busca de no utilizarse correctamente el espacio, por lo que es necesario tener mucho cuidado de llevarse a cabo).

En definitiva, los hombres, como partícipes de la sociedad, queramos o no, nos encontramos en una posición superior a la de la mujer en la mayoría de ámbitos (si no todos), y de ahí la necesidad de cambiar el rol tradicional de masculinidad, pues tiene que ser nuestra tarea el hacer todo lo posible para que dichas diferencias se reduzcan completamente con el fin de conseguir una sociedad igualitaria para todas las personas, independientemente de su género, color de piel o condición sexual; eso sí, sin apropiarnos de una lucha que no tenemos que encabezar pues no nos corresponde a nosotros decidir cómo se lucha o por lo que se lucha en cada momento.

– Aitor Romeo

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