Historia de una superviviente

Una compañera nos escribe su historia, un reflejo del sufrimiento y el desamparo que sufren las víctimas de violencia de género y de la impunidad con la que muchos maltratadores actúan.

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Pensé que como yo era una mujer fuerte y con carácter, no podría hacerme daño nunca. Foto: tumblr

Cada día, en cualquier medio vemos noticias sobre la violencia de género y nos dan a entender que el perfil de la mujer maltratada siempre es el mismo: una mujer débil, una mujer que no sabe defenderse, que no tiene carácter, que no es fuerte. Quizá por eso, cuando empecé mi relación con el que se convertiría en mi maltratador, pensé que como yo era una mujer fuerte y con carácter, no podría hacerme daño nunca. Y me equivoqué.

Me fui de casa con diecisiete años, decidida a empezar la carrera de psicología en Tenerife, donde vivía el que yo creía que era el hombre de mi vida, con el que ya llevaba un año de relación en la distancia. Todo era bonito al principio, porque yo estaba perdida. No tenía amigos, estaba en un sitio extraño que no conocía, y solo le tenía a él. Pero empecé las clases, hice amigos con los que me gustaba salir, me divertía, estaba feliz en mi nuevo hogar y eso no le gustaba. Como en la mayoría de relaciones problemáticas, empezaron los celos, el querer controlar, y poco a poco fue invadiendo mi privacidad. Yo me impuse, me negué a que alguien me prohibiera cosas, yo era libre. Tan libre, que recuerdo en una de las muchas discusiones, acabar encerrada en el baño con el cerrojo puesto mientras él aporreaba la puerta al otro lado y la cara roja de una bofetada.

Entonces empezaron las amenazas. Me repetía que iba a quemar mi casa conmigo dentro. Que sabía donde vivía, que no me iba a dejar en paz.

Dejé de ser feliz. Y tras un año así, decidí dejarle. Entonces empezaron las llamadas a mi puesto de trabajo, las llamadas a casa de mis padres, los mensajes a mis amigos. Yo era una prostituta, yo le había engañado con casi todos mis amigos, y mil mentiras más para intentar desacreditarme ante las personas que yo quería. Intenté hacer mi vida como siempre, no iba a dejar que sus mentiras me hiriesen más. Entonces empezaron las amenazas. Me repetía que iba a quemar mi casa conmigo dentro. Que sabía donde vivía, que no me iba a dejar en paz. Me pidió dinero, que según él le debía. Claro que no, no le debía ningún dinero, pero accedí a dárselo, para que me dejase en paz a mi y a mi familia. Pero no dejó de molestarme. Las amenazas no cesaban, cada vez iban a más y yo sufría por mis familiares y amigos. Sabía que yo podía soportar mentiras sobre mí, insultos, vejaciones, pero usaba como arma mis relaciones con otras personas. Y yo, que estaba lejos de mi ciudad de origen, lejos de mi familia, no sabía cómo iban a reaccionar ante sus mentiras.

Ese día quedamos en un sitio neutral, un centro comercial, porque sabía que no podría hacerme daño en un sitio con gente. Y de nuevo me equivoqué.

Al tiempo volvió a pedirme más dinero. Al principio me negué, trabajaba muy duro para poder pagarme los estudios y el alquiler, y él pretendía dejarme sin nada. Pero con más amenazas, consiguió que yo accediera. Ese día quedamos en un sitio neutral, un centro comercial, porque sabía que no podría hacerme daño en un sitio con gente. Y de nuevo me equivoqué. En cuanto le di el dinero empezó a seguirme por la calle, mientras me insultaba. Yo me defendí, quizá no tengo fuerza física, pero tenía una buena lengua con la que devolverle los insultos. Entonces empezaron los golpes. Recuerdo patadas, golpes en la cabeza, recuerdo como me agarró del cuello y me tiró todas las bolsas de la compra por el suelo. La comida cayó rodando por el suelo. Y yo también. No sé cómo pude hacerlo, pero me levanté y rota de dolor caminé hacia la parada más cercana de autobús, aún con él detrás golpeándome e insultándome. ¿Si nadie vio ésto? Sí, claro que lo vieron, la gente de la calle me vio tendida en el suelo. Pero igual que yo, no se movieron. La diferencia es que yo no podía moverme, y el resto decidió no moverse por voluntad propia.

Me hicieron hablar con una médico forense que cuestionó muchos aspectos irrelevantes de mi vida. […] Supe, por cómo me miraba y hablaba, que yo no era de su agrado.

Ese mismo día fui a la comisaría a denunciar y urgencias para que me hicieran un parte médico de lesiones. Tuvo que venir una amiga a llevarme de un sitio a otro en coche, porque la policía no me acompañó y yo tenía miedo de ir sola a las tantas de la noche. Me administraron medicación y me dieron el parte médico. Tenía contusiones, arañazos y daños cervicales. Al día siguiente fue el juicio rápido. Me hicieron hablar con una médico forense, que cuestionó muchos aspectos irrelevantes de mi vida, y que tenía el despacho lleno de fotografías religiosas y carteles en contra del aborto. Supe, por como me miraba y me hablaba, que yo no era de su agrado. Tampoco era del agrado del abogado de oficio que me asignaron. No le pareció normal dada mi situación que yo, estando en compañía de mi amiga, me riera de una broma que ella hizo. Al parecer las mujeres agredidas no podemos reírnos, porque si nos reímos se demuestra que la denuncia es falsa. No llegamos a un acuerdo en el juicio rápido. Su abogado me ofreció aceptar una cantidad de dinero y yo expliqué que no quería dinero, que solo quería que le dieran el castigo que se merecía.

Me pusieron una orden de alejamiento y me dijeron que tenia que esperar a otro juicio. Esperé un año. En ese año, se saltó varias veces la orden de alejamiento. Al final, decidí marcharme de la isla. Dejé los estudios, dejé a mis amigos, dejé muchas cosas atrás, y volví a casa de mis padres. Allí pude vivir. Ni siquiera digo feliz, porque no fui feliz. Dejé de dormir, pensando que vendría a matarme. Dejé de comer, adelgacé 30 kilos. Empecé a tomar antidepresivos y sedantes. Me denegaron la ayuda a víctimas de violencia de género.

Al cabo de un año, me llamaron para asistir al juicio. Me desplacé a Tenerife de nuevo. Allí, a pesar de tener una orden de alejamiento, tuve que esperar en la misma sala que él, porque nadie se preocupó de ponerme en un lugar distinto, para que no tuviese que encontrármelo cara a cara. Tuve que escuchar todas sus mentiras en el juicio, evidentemente negó todos los hechos, todas las amenazas, todo. Cuando le preguntaron por los daños cervicales y las heridas, dijo que me los había hecho mi gato porque yo tenía alergia a los gatos. Sí, de verdad lo dijo. Después del juicio cogí un avión y volví a casa. Al poco tiempo llegó la sentencia: mantenimiento de la orden de alejamiento, 3 meses de servicios sociales a la comunidad y 50 euros de multa. No voy a hablar de lo que me parece la sentencia, simplemente diré que la multa por colarse en el transporte público son 100 euros. La multa por pintar en una pared son 750 euros. La multa por escupir en el suelo son 300 euros.

A veces sigo pensando que perdí el tiempo denunciándolo, que sufrí un año más en vano, tiempo en el que policía, abogados, médicos, servicios sociales y mi agresor, pudieron reírse de mí.

Solemos escuchar que no es tan difícil denunciar la violencia machista, que si la mujer denuncia se acaba el maltrato. Y no es así. A veces sigo pensando que perdí el tiempo denunciándolo, que sufrí un año más en vano, tiempo en el que policía, abogados, médicos, servicios sociales y mi agresor, pudieron reírse de mí. Pero sé que el problema no fue mío, que yo hice lo correcto y lo que debía, el problema fue de todas aquellas personas que cada vez que ven a una mujer sufriendo, ponen en duda su dolor porque no se corresponde con el perfil usual de víctima de violencia. Porque si eres una persona joven, con carácter, con estudios, vistes como quieres, te tatúas, y te ríes, no te pueden maltratar. No te puedes quejar.

A día de hoy, sigo teniendo miedo por las noches. Sigo pensando que quizá algún día me matará o que tendré que matarle yo antes, sigo teniendo problemas con la comida, sigo mirando debajo de la cama por si ha venido a buscarme. Pero sé que aunque la denuncia que yo le puse no sirvió de mucho, quizá el día que se le vuelva a ocurrir lastimar a otra pareja, sirva de algo el que yo lo denunciara.

Quizá alguien que lo lea pueda pensar que es una historia más sobre violencia de género, y sí, puede que lo sea. No suelo mostrar nunca esta parte de mi vida, de hecho la mayoría de personas no conocen mi historia, pero hoy quería contarla, porque sé que muchas mujeres piensan que por su forma de ser, por su forma de ver las cosas, no pueden ser maltratadas. Y no es así. Las víctimas no salimos todas del mismo patrón. No somos todas iguales. Pero no por eso hay que negar las evidencias. No por eso hay que creer que la persona que se tiene al lado no es un maltratador. Sí que lo es.

– Andrea Álvarez

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2 comentarios en “Historia de una superviviente

  1. Yo

    Impresionante. Los pelos de punta y rabia x dentro de ver.como la justicia q tanto laava caras cdo realmente se la neecesita sólo.causa mas daño. Ojala sirva esta historia.pa q.muchas mujeres q sufran en silencio puedann cortarlo y para q la chavala del relato pueda empezar a superar lo q ese. Energúmeno.lee hizo.

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  2. Me entristece mucho que sufrieras eso. Se de varios casos que como el tuyo quedaron en nada, pero desde aquí te mando todo mi animo y un abrazo muy fuerte, lucha por seguir con tu vida y nunca te sientas menos. Solo hay que verte, eres maravillosa. Algún día todo esto se tomara enserio y como tu espero que sea lo antes posible, porque una mujer dura también puede sufrir daño psicológico y eso nadie puede negarlo. Tienes todo mi apoyo espero que algún día descanses plácidamente sabiendo que lo que te mereces bajo la cama solo es un ramo de flores y los únicos golpes que se le deben dar a una mujer en esta vida es el de saber que esta embarazada, el de casarse, el de una cita romántica que no esperaba; los únicos golpes que merece una mujer son los de emoción, los que sobrepasan el corazón sin llegar a hacer mas daño que el de unas lagrimas de alegría. Cuídate hermosa, un besazo.

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